miércoles, 20 de junio de 2018

EL CONSPIRADOR CONTRA FRANCO QUE VISITÓ SANTIAGO DE LA ESPADA

En la instantánea, puede verse a Rodríguez Tarduchy conversando con José Antonio Primo de Rivera

EMILIO RODRÍGUEZ TARDUCHY, FACTÓTUM DE CONSPIRACIONES



Manuel Fernández Espinosa



En su enjundioso artículo "El Sindicato Agrícola Católico de Santiago de la Espada. Primera aproximación", el recientemente fallecido Profesor Eduardo Araque Jiménez exponía la problemática agraria que se sufría en Santiago de la Espada en las primeras décadas del siglo XX. El Sindicato Agrícola Católico -siguiendo la investigación del prestigioso geógrafo de la Universidad de Jaén- había elevado a las más altas instancias del Gobierno (entonces la Dictadura de Miguel Primo de Rivera) las justas reclamaciones del vecindario santiagueño. Las reivindicaciones de los sindicalistas católicos fueron estudiadas, en un primer momento, por un vocal de la Dirección General de Acción Social Agraria, a la sazón Ramón del Pando Armand, ingeniero de Montes, que redactó un informe sobre el caso. El sindicato católico se proponía dotar de ventajosas condiciones al pequeño campesino para que éste asumiera la propiedad de unas tierras que, previa conformidad con sus originales propietarios, el sindicato planeaba comprar con ayuda del gobierno. Otra de las reclamaciones sindicales era frenar el acoso de los guardas forestales que continuamente multaban a los lugareños cuando la titularidad de los terrenos en los que estos plantaban estaba en litigio, desde tiempo inmemorial, entre el Estado (al que servían los forestales) y los vecinos. De esta forma se hubiera liberado a la población más menesterosa de la plaga de usureros que la explotaba. Las tierras que se habían pensado adquirir eran de tres propietarios: 200 hectáreas que pertenecían a D. Pablo Ibáñez, localizadas en Haza del Toro, Prado Soriano (por otro nombre, Haza del Tesoro), Haza Grande, Eras de Pedro Blázquez, Huerta de la Matea, Recodo de Cagasebo y Fuente del Burro; 15 hectáreas dispersas en varios parajes a nombre de D. Patricio Ruiz Delgado y 2 hectáreas que en su testamento había otorgado D. José Sánchez Palomares a la iglesia de Santiago de la Espada.

Pero el informe favorable a las pretensiones del sindicato católico que Ramón del Pando elaboró y presentó al gobierno de la dictadura no convenció al parecer a Miguel Primo de Rivera y éste designó, el 3 de enero de 1929, como juez instructor del expediente que nos atañe, a D. Emilio Rodríguez Tarduchy, comandante de Infantería y hombre de suma confianza de Miguel Primo de Rivera. Es el mismo D. Eduardo Araque quien afirma que Rodríguez Tarduchy tuvo que trasladarse a Santiago de la Espada, para estudiar "in situ" el asunto para el que se le había comisionado. Poco después -en febrero de 1929- se daba orden a la Dirección General de Acción Social Agraria para que se agilizara una comisión que, en dos meses, ofreciera "la solución más rápida, eficaz y equitativa que pueda darse a los problemas de carácter social, con relación a la tierra, planteados en el municipio de Santiago de la Espada, ampliando dicho estudio a toda aquella comarca".

El resultado de todas aquellas diligencias puede leerse en el artículo citado de D. Eduardo Araque, pero lo que es digno de mención es la personalidad que, por orden gubernamental, visita Santiago de la Espada a primeros del año 1929: D. Emilio Rodríguez Tarduchy. Se trata de un militar de dilatada carrera y uno de los conspiradores más silenciosos de la España del siglo XX. Emilio Rodríguez Tarduchy nació en Sevilla el año 1880, estudió Derecho en la Universidad Central de Madrid y pronto se dedicó al periodismo, destacando como redactor en LA VOZ DE CASTILLA, dirigiendo LA CORRESPONDENCIA MILITAR que más tarde se transformaría en LA CORRESPONDENCIA y escribiendo también para EL SIGLO FUTURO. Tarduchy perteneció a las Juntas de Defensa, militando en el partido Unión Patriótica de la dictadura primorriverista. Con la llegada de la II República, Tarduchy se retiró del ejército por desavenencias con la línea política de Manuel Azaña. Allá por 1933 fue Tarduchy quien fundaría una sociedad secreta militarista: la U.M.E. (Unión Militar Española) que empezó a trabajar en la conspiración contra la República. Cuando se fundó Falange Española, Tarduchy, hombre leal a Miguel Primo de Rivera, corrió raudo a formar parte de la organización política que el hijo del antiguo dictador ponía en marcha. Ingresó en la Falange Española y ocupó importantes cargos organizativos en la formación joseantoniana.

Tarduchy, ni que decir tiene, hizo la guerra en el bando franquista. Pero a raíz del decreto de unificación (14 de abril de 1937) por el cual Franco dictaba la fusión de las milicias falangistas con las del Requeté carlista, los falangistas más adictos a José Antonio Primo de Rivera (fusilado el 20 de noviembre de 1936 en Alicante) se mostraron reticentes a la voluntad de Franco y el falangista Manuel Hedilla, legítimo sucesor de José Antonio, con otros 600 falangistas opuestos a Franco, fueron arrestados bajo acusación de conspiración el 25 de abril de 1937. Hedilla fue condenado a muerte por Franco, pero se le conmutó la pena capital a ruegos, entre otros, de Pilar Primo de Rivera, hermana de José Antonio. Terminó la guerra y Franco continuó exhibiendo los símbolos falangistas en promiscuidad con los símbolos del tradicionalismo, pero no todos los falangistas estaban en conformidad con el régimen franquista. Por eso, en diciembre de 1939, aparece otra vez en la historia de las conspiraciones el ilustre visitante de Santiago de la Espada, Tarduchy. En la casa de Emilio Rodríguez Tarduchy se reunieron en ese mes los falangistas desafectos a Franco, fundando otra sociedad secreta -ahora política, pero sin renunciar al uso de las armas: la llamada Falange Auténtica. Tarduchy sería su presidente, entre los que se adhirieron a Falange Auténtica estaban Patricio González de Canales, Daniel Buhigas, Luis de Caralt y otros.

Entre los planes de la Falange Auténtica figuraron varias intentonas de atentado contra Francisco Franco y también contra Serrano Súñer, promotor del decreto de unificación. Los falangistas "auténticos" en clandestinidad estudiaron la posibilidad de hacer saltar por los aires la tribuna presidencial del día de la Victoria (1 de abril de 1941), se deshechó la idea por considerarla inmoral en tanto que la bomba no sólo hubiera liquidado a Franco, sino a otras personas que no eran objetivo de los falangistas conspiradores. Se pensó entonces en un atentado a pistola, teniendo como escenario el Teatro Español de Madrid. Las conversaciones no fructificaron y, al final, no se llevó a efecto el plan tiranicida.

Eso no fue obstáculo para que Francisco Franco dictara la pena de muerte sobre no pocos falangistas que sufrieron la represión franquista, contra todo lo pensable. En 1937 se ejecutó a Mariano Durruti, hermano del anarquista Buenaventura Durruti y miembro de Falange; en 1942, Juan Domínguez, inspector nacional del SEU... La lista podría ser ampliada. 

Pero en el invierno de 1929, cuando Emilio Rodríguez Tarduchy visitó Santiago de la Espada estaba lejos de sospechar todas las conspiraciones que el futuro le depararía. Su versatilidad le permitió burlar la desgracia que, de no haber esquivado, hubiera podido ser fatal para él; Emilio Rodríguez Tarduchy falleció en su domicilio el 29 de agosto de 1964. 

Valga este artículo para resaltar la visita de un personaje que, aunque poco conocido, fue uno de los factótums en la sombra de buena parte de la Historia de España del siglo XX.


Bibliografía:

Cardona, Gabriel, "El problema militar en España".

Hernández Gavi, José Luis, "Episodios ocultos del franquismo".

Araque Jiménez, Eduardo, "El Sindicato Agrícola Católico de Santiago de la Espada. Primera aproximación".

miércoles, 6 de junio de 2018

TOROS EN SANTIAGO-PONTONES: AÑO 1930

Joaquín Medina, el torero caravaqueño

JULIÁN MEDINA, TORERO DE CARAVACA, TRIUNFA EN SANTIAGO-PONTONES

Manuel Fernández Espinosa


Dedicado a mis alumnos de 2º de Bachillerato.


La Sierra de Segura es uno de los bastiones taurinos más destacados del panorama nacional. Su tradición se remonta a tiempos inmemoriales, pero a modo de anécdota, valga este comentario de hoy.

Los días 8, 9 y 10 de septiembre de 1930 vino a torear a Pontones el torero Julián Medina, prolongando su estancia en la Sierra para lidiar los días 11, 12, 13 y 14 de septiembre de 1930 en Santiago de la Espada. Julián Medina, natural de Caravaca, parece que había tomado la iniciativa en 1926. En 1928 había toreado en Madrid, por lo que cuando aparece en Pontones y Santiago de la Espada el joven matador ya tenía una fama que fue en ascensión; en Caravaca sufrió una cogida allá por julio de 1934 de la que salió bien parado, regresando a la arena en septiembre para triunfar en Mula. La Guerra Civil de 1936 dividiría también al mundo taurino en toreros afectos a los sublevados y toreros que cerraron filas con la II República. Entre los toreros que colaboraron con los sublevados figuran, entre otros: Juan Belmonte o Ignacio Sánchez Mejías (éste era hijo de aquel torero al que Federico García Lorca dedicó su famoso "Llanto" elegíaco). Julián Medina optó por la II República, participando en un festival a favor de las Milicias Populares de Murcia. 

La noticia que nos lo refiere presente en Pontones y Santiago de la Espada se debe a una de las revistas señeras de la tauromaquia de la primera mitad del siglo XX: LA RECLAM TAURINA.

LA RECLAM TAURINA fue una revista valenciana de tauromaquia que se auto-subtitulaba “Revista defensora de la afición”. Se empezó a dar a la estampa en el año 1926 y se extinguió en octubre de 1931, siempre bajo la dirección del periodista y escritor Manuel Soto Lluch (Valencia, 1894). La revista salía a la venta -a 15 céntimos- puntualmente cada sábado con doce páginas, publicando crónicas y noticias sobre tauromaquia de toda España. La publicación valenciana contaba con unas excelentes ilustraciones, tanto fotográficas como dibujos y caricaturas, teniendo entre sus colaboradores a ilustradores de postín como el mexicano anarquista Juan Pérez del Muro, nacido en México el 1895, establecido en España desde 1919 y fallecido en Barcelona el año 1949; Pérez del Muro sería uno de los pioneros del tebeo español.

Desde el 8 hasta el 14 de septiembre de 1930, como hemos dicho arriba, Julián Medina toreó para el público de Santiago-Pontones. Según comenta LA RECLAM TAURINA a tenor del evento taurino, fue el aficionado D. Ángel Bueno el responsable de los festejos en Pontones. Se dice en el cuerpo de la noticia que: "Encontrándose accidentalmente en este pueblo el ilustre doctor don Lucas Martínez, a petición del público lidió un becerro, de forma tan magistral que puso de relieve su conocimiento de la lidia". Luego comentaré algo sobre el Dr. Lucas Martínez, de tan hadario destino.

En cuanto a la faena de Julián Medina, LA RECLAM TAURINA se deshace en elogios -"Hizo derroche de valor y arte, ejecutando maravillosas faenas de capa y asombrosas faenas de muleta, en las cuales derrochó la esencia de su exquisito y sublime arte" -dice textualmente. Ovaciones y vítores celebraron las faenas del espada caravaqueño.

Las cuatro tardes de Santiago de la Espada fueron cuatro triunfos para Julián Medina. En Santiago se torearon novillos, de la ganadería de D. Gerardo Morcillo, novillos que -a decir del semanario: "han salido grandes, gordos y bravos, dejando a gran altura la divisa de tan escrupuloso criador de reses bravas". La nota jocosa la puso un trío de "charlots" que vinieron de Cartagena: Ramper, Charlot y Tomasín como espectáculo cómico-taurino.  

El doctor Lucas Martínez Cruz al que en 1930 pidieron en Pontones que toreara vivía en Santiago de la Espada y poseía una ganadería de toros de lidia. Años después de esta anécdota que nos transmite LA RECLAM TAURINA, el Doctor Martínez, con 59 años de edad sería asesinado en Zumeta, a manos del abogado D. Patricio Rodríguez. Corría el mes de agosto de 1956 -nos dicen las páginas de sucesos del ABC de la fecha. Patricio Rodríguez disparó contra el médico y contra el hijo del doctor, Ernesto Ángel Martínez Algar, de 18 años de edad, segando la vida de ambos.

Tricornios charolados pudieron verse por las veredas, peinando la Sierra a la búsqueda del abogado D. Patricio Rodríguez que, tras derribar mortalmente a padre e hijo, se dio a la fuga.

miércoles, 18 de abril de 2018

LA MASONERÍA EN PONTONES



Piedra Labrada de Pontones. Foto: M. F. E.

LA GRAN LOGIA SIMBÓLICA ESPAÑOLA LEVANTÓ COLUMNAS EN PONTONES

Manuel Fernández Espinosa

APROXIMACIÓN A LA MASONERÍA

Uno de los temas más controvertidos de la historia moderna y contemporánea es el efecto de la llamada "francmasonería" en el acontecer histórico. Hay quienes minimizan el efecto de la masonería en la historia, así José-Leonardo Ruiz Sánchez, catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Sevilla y miembro del Centro de Estudios Históricos de la Masonería Española, piensa que: "La masonería está sobrevalorada, se le otorga un papel que no tuvo", sin embargo un escritor como Benito Pérez Galdós sostiene una idea muy distinta, cuando escribe que la masonería era "...una poderosa cuadrilla política, que iba derecha a su objeto, una hermandad utilitaria que miraba los destinos como una especie de religión, y no se ocupaba más que de política a la menuda, de levantar y hundir adeptos, de impulsar la desgobernación del reino; era un centro colosal de intrigas, pues allí se urdían de todas clases y dimensiones: una máquina potente que movía tres cosas: Gobierno, Cortes y clubs" (Episodios Nacionales, "El Grande Oriente"). Creer que la masonería dispone de un poder ilimitado sobre la política mundial es una exageración que alientan algunos conspiracionistas, pero afirmar que durante el siglo XIX y el XX la masonería permaneció inactiva en el discurrir de la política española es una ingenuidad. El hecho de que la masonería haya sido siempre una sociedad secreta hace que se desproporcione la idea que se tiene de ella, de ahí que -al igual que pasó con la Compañía de Jesús- sus detractores culpen a la masonería de todos los males y sus abogados la ensalcen hasta extremos exagerados. La propia masonería tiene a bien definirse como una escuela de filosofía simbólica que trabaja por el perfeccionamiento humano de sus miembros, fomentando ideales laicistas, filantrópicos y de progreso, pero la gran mayoría de los masonólogos (pues el tema ha dado como para formar una especialidad historiográfica) no niega ciertos hechos a la luz de la historia. Vamos a dejar a un lado, para no resultar enojosos al lector, la índole de la "filosofía simbólica" de la masonería: Ricardo de la Cierva, uno de los máximos expertos españoles en masonería, ha hablado de una "masonería visible" y una "masonería invisible", por tal de no embrollar mucho al lector (con cuestiones muy complejas de filosofía y simbolismo -además de ello, la masonería tiene una terminología pomposa capaz de perdernos en un laberinto), prescindiré de la "masonería invisible" (del plano interior, también por otro nombre llamada) y atenderé a la "masonería visible" (del plano exterior); ésta, la "visible", es eminentemente política y social, pues de ese modo se comprenderá mejor el tema histórico que presenta el título de este artículo.

Antes de ello, servirá una somera introducción histórica en cuatro breves epígrafes:

1. La masonería actual -denominada "especulativa" se fundó con la Gran Logia de Londres el año 1717 en la capital del Reino Unido, asumiendo el legado de símbolos de lo que se llama "masonería operativa" que no era otra que la de los albañiles ("masón" en francés es "albañil") que fueron los constructores de las catedrales medievales, agremiados para transmitir -mediante códigos secretos- el oficio y defender sus legítimos intereses laborales. La masonería operativa estaba compuesta de constructores, la masonería especulativa posterior se compuso de personas de la nobleza y todas las profesiones liberales que, a la vez que incorporó instrumentos de la albañilería dándoles significado simbólico, vino a incorporar también ideas filosóficas que sería muy difícil suponer que tuvieran los albañiles medievales.

2. A España, la masonería la trae el Duque de Wharton, fundando en Madrid la Logia de "Las Tres Flores de Lis" el año 1728. La masonería más temprana se convertiría así en un instrumento de dominio de Gran Bretaña, pero Francia crea su propia masonería para no depender de los dictados británicos. Y cuando Napoleón invade España vemos aparecer a la masonería francesa en nuestro suelo de la mano de José Bonaparte, hermano de Napoleón y rey intruso, de tal forma que proliferaron las logias masónicas francesas en territorio ocupado y cuando los invasores napoleónicos se retiraron de Jaén capital -por ejemplo- se descubrió una logia bonapartista, por lo que podemos aseverar que, al igual que Inglaterra empleó la masonería para sus objetivos geopolíticos, la Francia de Napoleón Bonaparte hizo otro tanto con la masonería, toda vez nacionalizada ésta.

3. En España, las logias de obediencia francesa agruparon a los afrancesados, abiertamente colaboracionistas con la invasión napoleónica, mientras que las logias de signo británico se extendieron subrepticiamente entre la oficialidad militar española, con la consecuente politización de nuestro ejército, lo cual explica que el siglo XIX español fuese una sucesión vertiginosa de pronunciamientos y golpes de Estado dados por militares extremadamente politizados que querían hacer prevalecer la Constitución de Cádiz contra el absolutismo. La masonería fue aprovechada por los liberales, defensores de la Constitución de 1812 que, a la vuelta del absolutismo con Fernando VII, hallaron en el secretismo de la masonería la cobertura perfecta para conspirar contra el absolutismo que negaba la Constitución de 1812 y que la negaba, sobre todo, por entender que la soberanía -tal y como en el Antiguo Régimen se entendía- correspondía al Monarca y no a la Nación que es un concepto moderno y liberal.

4. A lo largo de todo el siglo XIX, la masonería en España sirvió como instrumento de poder a los liberales; la masonería había sido condenada tempranamente por la Iglesia católica, ya en el siglo XVIII y no es extraño por lo tanto que la masonería se haya caracterizado -en España de una manera trágica a veces- por su anticlericalismo. Dada la fragmentación de las opiniones liberales (doceañistas y veinteañistas/moderados y exaltados/moderados y progresistas, etcétera), la masonería corrió pareja suerte, fragmentándose en distintas ramas y obediencias hasta que, tras la Guerra Civil de 1936-1939, con la victoria de Franco se procedió a una persecución sistemática de la masonería, sin que sirviera al caso que algunos masones hubieran apoyado la sublevación contra la II República, al igual que otros masones habían defendido a ésta. Pero no sería solo el franquismo el que la condenara, también fue condenada por la Internacional Comunista que, en palabras del comunista italiano Graziadei, consideraba de esta guisa a la masonería: "...se trata de una organización política que ambiciona llegar al poder mediante la conquista y el conservadurismo".

Hecha esta introducción, vayamos al caso local de Pontones.

El periodista Fernando Lozano Montes, uno de los miembros de la G. L. S. E. de M-M


LA GRAN LOGIA SIMBÓLICA DE MEMPHIS-MISRAÏM EN PONTONES

En el argot masónico, se le llama "levantar columnas" a la fundación de una logia local. Así fue como el 1 de julio de 1895 la masonería levantó columnas en Pontones, fundando la Logia "Progreso nº 160" que, a diferencia de la inmensa mayoría de las logias provinciales, perteneció a una obediencia bastante marginal, la llamada Gran Logia Simbólica Española de Memphis y Misraïm. He dicho más arriba que existía mucha división en la masonería española, debido a muchas razones. La Gran Logia Simbólica Española se fundó con el propósito de renovar el prestigio de la masonería que, por ese entonces, sufría una crisis de liderazgo. De ahí que un grupo de masones pertenecientes al Gran Oriente de España se separaran del Gran Oriente de España y se dotaran de un rito distinto al que seguía la masonería generalista española (que era el llamado Rito Escocés Antiguo y Aceptado); a tal fin, lograron ser reconocidos por el Gran Consejo de Nápoles en 1889 y el mismo Gobierno Civil de Madrid reconoció legalmente a la nueva asociación masónica. A finales de 1893 esta Gran Logia Simbólica Española contaba con 3000 miembros y 149 logias en territorio español. El rito como tal que adoptó fue el de Memphis-Misraïm que era la fusión de dos ritos: el de Misraïm había sido inventado en Italia, allá por 1805 y el de Memphis se institucionalizó en Francia, de la mano de Gabriel-Mathieu Marconis en 1839. En 1883 las constituciones de este ritual eran aprobadas en Sebeto (Nápoles) por el Gran Consejo de Nápoles que había dirigido el famoso revolucionario italiano Giuseppe Garibaldi.

La propagación de la Gran Logia Simbólica Española por territorio español, como ocurría con otras obediencias masónicas, hay que atribuirla al poder político y social que ostentaban muchos de sus máximos cargos. La Gran Logia Simbólica Española contaba con personajes encumbrados en el aparato del Estado, ocupando sus puestos Ricardo López Sallaberry, abogado del Estado; Ramón Moreno Roure, diputado a Cortes y Gobernador Civil de Albacete; Federico Rubio Amoldo, médico jefe del Servicio Sanitario de la Compañía de Ferrocarriles (no es de extrañar que la Gran Logia Simbólica tuviera, por lo tanto, una logia en Espeluy, nudo de comunicaciones ferroviarias) a la vez que médico del Servicio de Higiene del Ayuntamiento de Madrid. Tampoco faltaron aristócratas en la Gran Logia Simbólica, así Joaquín de Aymerich y Fernández-Villamil, Conde de Villa Mar, general y diputado; o Domingo Pérez de Guzmán el Bueno y Fernández de Córdoba, IX Conde de Villamanrique de Tajo, Marqués consorte de Santa Marta. El periodista y político Fernando Lozano Montes también militó en esta Gran Logia Simbólica. Traigo a colación estos nombres para dar una ligera idea del perfil de sus miembros, lo que explicaría el signo político de la Logia Progreso nº 160 de Pontones que, a buen seguro, estaría conformada por una minoría de vecinos vinculados a algunos magnates y caciques del sistema canovista, a su vez relacionados con estos prebostes u otros que desarrollaban su ejercicio público en diversas capitales de provincia o en la misma capital de España.

Llama la atención que la masonería de Pontones pertenezca a esta Gran Logia Simbólica que era bastante marginal, pues más extendido estaba el Gran Oriente Español que tenía en Beas de Segura a la logia "Regeneradora 113" o en Villacarrillo a la logia "República 104": el Gran Oriente Español había sido, merced a los auspicios del republicano Miguel Morayta que fue su Gran Maestre, la fusión del Gran Oriente de España y el Gran Oriente Nacional de España. Las únicas logias de la provincia de Jaén que plantó la Gran Logia Simbólica fueron las de Jaén capital, Linares, Espeluy, Aldeaquemada y Pontones. La Gran Logia Simbólica Española de Memphis-Misraïm desaparecía en 1898 que fue un año aciago para la masonería, a la que se le culpó de la pérdida de los últimos vestigios del Imperio Español de Ultramar: Cuba, Filipinas y Guam.


BIBLIOGRAFÍA

"La masonería está sobrevalorada, se le otorga un papel que no tuvo", entrevista concedida al Diario de Sevilla, 5 de julio de 2015.

Menéndez y Pelayo, Marcelino, "Historia de los heterodoxos españoles", tomo II, pág. 792.

Checa Godoy, María del Carmen, "Breve aproximación a la masonería jiennense (1876-1939)", publicado en Elucidario: Seminario bio-bibliográfico Manuel Caballero Venzalá, nº 7, 2009, pp. 215-244.

Enríquez del Árbol, Eduardo, "Al filo de un centenario: El último Gran Oriente Hispano del siglo XIX: La Gran Logia Simbólica Española del Rito Primitivo y Oriental de Memphis y Mizraim (1889-1989)".

Alvarado Planas, Javier, "Masones en la nobleza de España: Una hermandad de iluminados", La Esfera de los Libros, 2016.

Pérez Galdós, Benito, "El Grande Oriente", Episodios Nacionales.

viernes, 2 de marzo de 2018

EL OLIVO MILAGROSO DE LA SIERRA DE SEGURA





MILAGROS Y TRADICIONES CRISTÍCOLAS DE LA SIERRA DE SEGURA


Manuel Fernández Espinosa


En el año 961 después de Cristo, siendo Romano Pontífice Su Santidad Juan XII, envió el Papa una embajada al califa de Córdoba: dado que, en ese año falleció Abderramán III, no sabemos si el emisario papal se presentó ante Abderramán III o ante su sucesor, Alhakén II. El objeto de la embajada, según nos cuenta Ibrahim ben Yacub al-Israilí, era que había llegado noticia al Santo Padre de Roma de que, en la región de Baza, existía una iglesia cristiana con un olivo milagroso y, conforme a la tradición que se había transmitido, en aquel santuario se encontraban las reliquias de un santo. El Papa Juan XII rogaba al califa cordobés que le permitiera exhumar esas reliquias para trasladarlas a Roma. Según las múltiples fuentes, tanto arábigas como cristianas, ese santo que allí recibía veneración era San Torcuato. El obispo de Baza era en esas fechas Servando, pero la localización exacta de ese santuario genera todavía controversias, pues -aunque el Papa hablaba de Baza- los testimonios de los cronistas y geógrafos musulmanes no se ponen de acuerdo en ubicar de manera concluyente el lugar en que se producía lo que los árabes llamaban el "ayá-ib" (prodigio, milagro sobrenatural) del olivo.

Lo que las crónicas musulmanas sí que recogen es que el prodigio del olivo milagroso se producía en la fiesta de San Juan (24 de junio), lo que hacía que tal día se congregaran allí muchos cristianos para contemplar el "milagro". La afluencia de cristianos se veía engrosada por la visita de no pocos musulmanes que, por curiosidad, también acudían allí. Tal fue el caso del geógrafo almeriense al-Zuhrí que visitó el lugar, dando testimonio de que las aceitunas del olivo en cuestión verdeaban por la mañana, se blanqueaban al mediodía y, por la tarde, se hacían rojizas. Los peregrinos se aprestaban a cogerlas antes de que maduraran del todo, para llevárselas como reliquia de santo. El santo parece que estaba enterrado en una cueva, y junto al olivo, también había un manantial y una ermita. Además de las aceitunas, los fieles recogían agua de aquel manantial con fines terapéuticos -al decir de Abú Hámid Andalusí. Otro cronista musulmán, al-Udrí el almeriense, nos informa de que tales eran las muchedumbres que se concentraban en ese lugar que las autoridades musulmanas ordenaron talar el olivo, para impedir los problemas propios de las grandes aglomeraciones; pero a su vez, al-Udrí nos dice que, después de esta intervención de cortar por lo sano, aquel olivo rebrotó y siguió produciéndose, en el día de San Juan, el portento.

La Sierra de Segura ha sido, dadas sus condiciones, excelente refugio de comunidades perseguidas y de forajidos en todos los tiempos. Eso explica que, tras la conquista de la España goda por la invasión islámica, la comunidad de cristianos (en aquel entonces llamados en las crónicas antiguas "cristícolas") pudieran vivir durante un tiempo en relativa independencia, habida cuenta de su apartamiento de las instancias del poder califal. La toponimia (ciencia lingüística que se aplica al origen de los nombres de lugar) arroja una significativa concentración de topónimos de origen hispano-visigodo anteriores a la invasión arábiga, mantenidos a manera de fósiles léxicos, en la Sierra de Cazorla, Segura y las Villas. A manera de esbozo sucinto cabe mencionar "Gútar" (en Villanueva del Arzobispo), "Gutamarta" (muy posiblemente pudiera ser "Gutamarca", muy cerca de Cortijos-Nuevos), Góntar, Nerpio y Yeste (vecinos de Santiago de la Espada) o Los Archites (próximo a Pontones, que Menéndez Pidal pensaba que era derivado de "architeris" que significaba "monasterio", con lo que podríamos incluso especular sobre la existencia allí, en la antigua España goda, de un cenobio de monjes). Todo esto, junto a los hallazgos arqueológicos de indudable identificación visigoda, nos permite suponer que, incluso bien avanzada la ocupación musulmana en España, la Sierra de Segura fue territorio cristícola, controlado fiscalmente por el gobierno de ocupación califal, pero bastante impermeable a la islamización (podemos mencionar muchos, pero baste la estela discoidea de Quesada, estudiada por el arqueólogo Carriazo Arroquia). Estas comunidades cristícolas son conocidas por lo común con el nombre de "mozárabes": el término, no obstante, no sería del todo apropiado para nuestro caso, puesto que si bien "mozárabes" es "cristiano que habitaba en territorio bajo dominio musulmán", los mozárabes, propiamente dichos, eran esos cristianos que, por habitar en las ciudades más populosas, quedaban sujetos no sólo bajo el poder islámico, sino bajo la influencia cultural árabe. En cambio, en la Sierra de Segura, esos cristianos vivían lo suficientemente alejados como para permanecer por un tiempo impermeables a la arabización que avanzaba en los núcleos urbanos.

La situación de los cristianos en territorio musulmán no era, ni mucho menos, como nos la pintan en una fabulosa e idílica convivencia de tres culturas. Si bien el islam concedía, en algunas situaciones, la coexistencia de cristianos y judíos (que ellos denominan "los hombres del Libro": se entiende que de la Biblia), los judíos y cristianos en territorio islámico estaban muy reducidos en sus libertades y quedaban sujetos a pagar tributos para poder mantener la práctica de sus religiones respectivas: la presión fiscal en este punto lograba muchas veces que los más tibios judíos y cristianos se convirtieran al islam para eximirse del pago de esos impuestos. La situación de relativa coexistencia terminó tras la expedición de Alfonso I de Aragón, el Batallador. Alfonso I el Batallador se adentró en al-Andalus con sus Huestes, acudiendo al pedido de socorro que los mozárabes de Granada le hicieron por cartas. La llegada del rey aragonés en son de guerra supuso a la postre que muchos de esos mozárabes de Andalucía se incorporaran con sus familias a la columna del rey aragonés. Alfonso El Batallador obtuvo grandes victorias en su expedición por las Andalucías, tal fue la de Anzur (Puente Genil, Córdoba) y recorrió la tierras de Granada, Jaén y Córdoba, perturbando muy seriamente la cómoda ocupación a la que estaban acostumbrados los musulmanes; mas, viéndose impedido para establecer un reino cristiano en el corazón de al-Andalus, tuvo que regresar a sus feudos del norte -haciéndolo por Caravaca de la Cruz, atravesando a buen seguro el territorio de Santiago-Pontones: era el año 1126. Con el ejército aragonés, abandonó Andalucía un gran contingente de mozárabes que se asentaron en el reino de Aragón, recibiendo del rey Alfonso I el "Fuero de Alfaro". Los cristianos que quedaron en Andalucía sufrieron las represalias musulmanas: el abuelo del que luego sería el gran filósofo cordobés Averroes, reclamó la ayuda del emir almorávide magrebí: la población cristiana que no se puso a salvo con Alfonso I sufrió el exterminio, la esclavitud y la deportación al norte de África.

Pero, con anterioridad a esos acontecimientos, el olivo milagroso seguía dando sus aceitunas el día de San Juan. Como decía más arriba, la localización de ese lugar santo está todavía en litigio. Unos cronistas árabes lo sitúan en Granada, otros en Lorca, otros en Murcia. Pero, siguiendo a las fuentes más seguras que son los almerienses Al-Udrí y Al-Zuhrí, parece que todo indica que aquel santuario (ermita, cueva, olivo y fuente) estaba en el Cortijo de Mirabete/Miravete (antiguo castillo de Mirábayt), en el camino medieval que va de Huéscar a Santiago de la Espada, por el Alto de La Losa. Según Juan Carlos Torres Jiménez que ha estudiado el asunto con exhaustividad, el lugar del prodigio podría situarse con bastante probabilidad en Torcas de Aguas Humosas.

BIBLIOGRAFÍA

Torres Jiménez, Juan Carlos, "La iglesia mozárabe en tierras de Jaén (712-1157)".

Aguirre Sádaba, F. Javier y Jiménez Mata, María del Carmen, "Introducción al Jaén Islámico (Estudio geográfico-histórico), Instituto de Estudios Giennenses, Excma. Diputación Provincial, Jaén, 1979.

Salvatierra Cuenca, Vicente, "El Alto Guadalquivir en época islámica", Universidad de Jaén, Torredonjimeno, 2006.

Lema Pueyo, José Ángel, "Alfonso I el Batallador, rey de Aragón y Pamplona (1104-1134)", 

martes, 20 de febrero de 2018

LUIS DE BORBÓN Y FARNESIO: EL COMENDADOR DE SEGURA DE LA SIERRA

Luis de Borbón y Farnesio, niño: ataviado de Cardenal


EL HERMANO DE CARLOS III Y SU RELACIÓN CON SANTIAGO DE LA ESPADA


Manuel Fernández Espinosa


Desde el año 1749, los gabinetes del despotismo ilustrado acometieron la trabajosa labor de realizar una estadística lo más completa posible del estado de nuestros municipios, con el objeto de fijar una contribución única. Con ello se pretendía dar un paso adelante en la reforma de la Hacienda y las relaciones fiscales de aquel entonces que, en pleno siglo XVIII, todavía presentaban una considerable fisiognomía feudal. Lo que esa reforma fiscal pretendió no se consiguió, dada la resistencia sorda de los estamentos privilegiados que se negaban a cambiar una situación en la que no les iba mal. Pero lo que de esa labor sí quedó fue el llamado Catastro del Marqués de la Ensenada que, para el historiador, es una fuente preciosa de datos, tomados minuciosamente por los delegados del gobierno que, en persona, iban de pueblo en pueblo realizando una encuesta a las autoridades y vecinos de la localidad en cuestión.

A Santiago de la Espada le tocó en suerte venir a D. Juan Felipe de Castaños. Y el 30 de agosto de 1755 comparecieron ante él las autoridades municipales y otros vecinos de la localidad, para responder a las preguntas del gobierno. Se personaron Gonzalo Ruiz Marín y Juan Puente (alcaldes ordinarios), Luis Martínez Blázquez y Pedro Baños (regidores), Fernando Giménez de la Fuente (Procurador Síndico General) y a manera de expertos agropecuarios y constructores comparecieron que sepamos: Juan Punzano, Domingo Muñoz, Lorenzo Romero (perito en casas) y Lorenzo López. Un tal Francisco Xavier Quijano también estuvo presente, como testigo del Síndico y el escribano que lo era José López Robles. Las respuestas a las preguntas están registradas en el "Libro de las respuestas generales de distintas localidades del Reino de Murcia al Catastro de la Ensenada", puesto que Santiago de la Espada pertenecía en ese entonces a la Orden de Santiago y a Murcia. De entre las informaciones que trasladaron, una me llamó la atención. Entre los impuestos de origen feudal que todavía se cobraban en el siglo XVIII figuraba el llamado "diezmo" y, sobre el diezmo dejan dicho en ese documento que:

"El Diezmo se paga de todos los granos, ganados, y demás esquilmas, de diez, uno, y lo percibe el Serenísimo Señor Don Luis Infante de España, como Comendador de su Encomienda".

Pero, ¿quién era ese "Serenísimo Señor Don Luis, Infante de España"?



El personaje es interesante de suyo. Luis Antonio Jaime de Borbón y Farnesio era hijo de Felipe V de España y de su segunda esposa, Doña Isabel de Farnesio, Duquesa de Parma. Felipe V se había casado, en primeras nupcias, con María Luisa Gabriela de Saboya, con la que tuvo cuatro hijos. Y tras la muerte de María Luisa Gabriela se casó con Isabel de Farnesio, con la que tuvo siete hijos. Don Luis Antonio Jaime de Borbón y Farnesio, el Comendador que cobraba los diezmos a Santiago de la Espada, era el sexto hijo de Felipe V "El Animoso" y Doña Isabel de Farnesio, nacido el 25 de julio de 1727; por lo tanto, Luis era hermano menor de Carlos III de España, el "Rey Alcalde" y, mejor todavía, el "Rey Arqueólogo". Como sucesor al Trono de España, Luis estaba lejos de ceñir la corona y, como era la costumbre entre la realeza y la nobleza, desde niño fue dirigido a la carrera eclesiástica contra su vocación. El mismo año en que lo creaban Cardenal Arzobispo de Toledo y Primado de España, también obtuvo la Encomienda de Segura de la Sierra: era el año 1735. Acumularía más títulos eclesiásticos, como el de Arzobispo de Sevilla en 1741. Esto era algo de lo más normal en aquellos tiempos, pues la Casa de Borbón implementó el regalismo: esto es, la injerencia de la Corona en los asuntos de la Iglesia. Pues mucho se habla de la injerencia de la Iglesia en los asuntos del Estado, pero es bueno saber que no fueron pocas las intromisiones del Estado en la Iglesia a lo largo de la Historia. Si a la Casa Real Española no la hubiera frenado el Concilio de Trento, el pobre Luis de Borbón hubiera sido Arzobispo de Toledo con 8 años: el Concilio de Trento estipulaba que no se podían ordenar de sacerdote a niños, pero si no lograron que lo ordenaran Arzobispo a tan tierna edad, sí que consiguieron que fuese administrador de los bienes temporales del Arzobispado de Toledo. Cualquiera le decía que no al Rey de España en el siglo XVIII. Y cuando Luis cumplió la edad, lo terminaron ordenando sin preguntarle tampoco si tenía o no vocación religiosa.

Esto explicaría que este Arzobispo de Toledo colgara la sotana y hasta el capelo cardenalicio, tras rogarle a su hermano Carlos III que le aliviara de esas cargas impuestas por los intereses de la Casa Real. A Luis lo que le gustaba era la caza, la esgrima, la música, las artes y las buenas mozas. En 1754, un año antes de venir a Santiago de la Espada el equipo que realizara la encuesta catastral, ya se lo había comunicado el pobre Arzobispo a su hermano, pues su vida pecaminosa le traía intranquila la conciencia. El Papa y el Rey de España concedieron y se le aceptó la renuncia, permitiendo que se secularizara. En 1761 se hizo Conde de Chinchón, comprándole el Condado a su hermano Felipe. Y en sus estados erigió un Palacio que diseñó el arquitecto Ventura Rodríguez. A partir de ese entonces, Luis trató de ser feliz, dedicándose a sus aficiones. Alrededor de su corte congregó a grandes artistas de aquel entonces: el músico toscano Luigi Boccherini (famoso por su pieza "La Música Nocturna de las calles de Madrid") o a los pintores Francisco de Goya, Charles Joseph Flipart y Luis Paret y Alcázar. Éste último, Paret, gran acuarelista, pagó caro sus labores de alcahuete, pues descubierto que le llevaba las mozas al Serenísimo Señor Don Luis, Carlos III destierra al artista a Puerto Rico en 1775, habiéndose comprobado que el pintor estaba involucrado en uno de los escándalos de faldas de su hermano Luis. 

La vida disipada del Serenísimo Señor D. Luis le deparó dos hijos bastardos en relaciones morganáticas. Quería D. Luis casarse, por ver si así se le calmaban las ansias, pero Carlos III recelaba ante el panorama de ver a su hermano casado, pues debido a ciertas leyes si el Rey consentía en el matrimonio de su hermano Luis, los resultados del matrimonio podrían poner obstáculos a la sucesión de Carlos III, en caso de tener Luis hijos legítimos. Al final, a regañadientes y estableciendo condiciones terminantes que lo apartaban de la corte, al ex-Arzobispo de Toledo se le permitió casarse con María Teresa de Vallabriga y Rozas, hija del Mayordomo de Carlos III y Duque de San Andrés. Con ella tuvo tres hijos: Luis María (el único miembro de la Casa Real que permaneció en España durante nuestra Guerra de la Independencia), María Teresa que casó con (en un momento casi todopoderoso) Manuel de Godoy y María Luisa, casada con el Marqués de San Fernando de Quiroga. 

D. Luis de Borbón Farnesio falleció el 7 de agosto de 1785. Su hermano el Rey recluyó a la viuda en Zaragoza, al hijo varón lo puso bajo la férula y protección de Francisco Antonio de Lorenzana, para encaminarlo a la carrera eclesiástica; y a las hijas de Luis las metió en un convento de Toledo hasta hallarles un buen partido.

Es más que probable que D. Luis de Borbón Farnesio nunca visitara su Encomienda de Segura de la Sierra, pero el hecho de que, como hombre de su época, se interesara por las Bellas Artes podría explicar algunas cosas que todavía hay en Santiago de la Espada y que trataré, Dios mediante, en próximos episodios. Pues aunque la aristocracia -y más todavía la realeza- no tenía un trato directo con todas las villas a las que cobraban sus impuestos, sí que a veces tenían la deferencia de atender las solicitudes que sus vasallos les hacían para mostrar su gracia. Y creo que eso -como digo- explicaría algunas cosas que todavía conservamos en Santiago de la Espada... Pero eso será cosa de tratarlo en otro artículo. Baste por hoy habernos acercado a un personaje histórico que, en sí mismo, resume las contradicciones de una época y que nos enseña que, aunque no pasara fatigas ni privaciones, el hecho de nacer en el seno de la Realeza no garantizaba en modo alguno una vida feliz: ni la garantiza.   


lunes, 12 de febrero de 2018

LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA EN LA SIERRA DE SEGURA



Monumento de la Victoria en Jaén capital, fotografía: Manuel Fernández Espinosa

SANTIAGO DE LA ESPADA, ¿CUARTEL DEL COMANDANTE GENERAL BIELSA?

Manuel Fernández Espinosa


¡Guerra! clamó ante el altar
el sacerdote con ira;
¡guerra! repitió la lira
con indómito cantar:
¡guerra! gritó al despertar
el pueblo que al mundo aterra;
y cuando en hispana tierra
pasos extraños se oyeron,
hasta las tumbas se abrieron
gritando: ¡Venganza y guerra!

De la "Oda al 2 de Mayo", del poeta jiennense 
Bernardo López García

INTRODUCCIÓN



La victoria de las armas españolas en la famosa Batalla de Bailén (verano de 1808) supuso el primer y gran desastre terrestre de las que, hasta ese momento, parecían invencibles huestes de Napoleón Bonaparte. En la mar, los napoleónicos siempre tuvieron un gran problema con la poderosa armada británica, pero en tierra parecían invulnerables, incontenibles: se habían paseado por toda Europa, arrollando en su marcha a los ejércitos regulares. No contaban con que en España la cosa no sería tan fácil: a diferencia del resto de países europeos subyugados por Napoleón, los ejércitos españoles podían ser derrotados, pero tras el descalabro, los restos supervivientes de esas tropas diezmadas se recomponían, se reunían y volvían a dar batalla, formando guerrillas, en lo que fue una guerra sin cuartel al invasor napoleónico. La Guerra de la Independencia fue, a la vez que un conflicto contra el invasor, una revolución interna para España. España, desprovista de su Casa Real por los acontecimientos (recordemos que la corona y la familia real habían sido secuestradas "amigablemente" por Napoleón), realizó la experiencia de organizarse ante el vacío de poder en el trono, haciéndolo mediante las Juntas de Defensa, experimentando de esta manera -y por vez primera, traumáticamente, en su historia- un gobierno provisional impersonal (sin Rey) de larga duración.


Sin embargo, el triunfo español en Bailén no desalentó el espíritu de conquista del invasor. La Francia napoleónica era una potencia militar, sus ejércitos estaban curtidos en muchas batallas, bien organizados y pertrechados y gozaban del liderazgo de una voluntad férrea y política y militarmente brillante: la del "Emperador de los Franceses", el corso Napoleón Bonaparte. Napoleón no iba a amilanarse frente a lo que consideraba un pueblo atrasado y anárquico como para él lo era el español. Eso, a la larga, sería su ruina: Napoleón y sus generales invasores no sabían con quiénes se las estaban jugando; algo sí que barruntó José Bonaparte, el hermano de Napoleón que éste puso como rey en España, siguiendo su estilo nepotista. José Bonaparte "reinaría" con el nombre de José I Bonaparte, "Pepe Botella" para los españoles refractarios a admitirlo como rey que, en todo caso, para nuestros antepasados era "rey intruso", un usurpador.

LAS PRIMERAS MENCIONES DE SANTIAGO DE LA ESPADA EN LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA QUE HEMOS HALLADO

Era el día 10 de enero de 1810, cuando el corregidor de Huéscar, D. Juan de Murcia y Montero, recibe la noticia de que, los franceses, habiendo puesto su cuartel general en Albacete, avanzan ya por Tobarra. Sin demora, el corregidor envía la noticia a Castilléjar y Puebla de Don Fadrique, a Castril, Pozo Alcón, Nerpio, Moratalla, Caravaca y Santiago de la Espada (1).

La amenaza también venía desde el sur: el 24 de febrero de 1810, el General Sebastiani, marcha desde Granada a la ciudad de Murcia. La Junta Superior del Reino de Murcia, ante la noticia del avance de Sebastiani, se ve forzada a trasladarse a Almansa (Albacete), para reorganizarse y contra-atacar. Caravaca de la Cruz se convierte en cabeza de Partido Defensivo español, comprendiendo bajo su autoridad cantonal a Bullas, Calasparra, Cehegín y Moratalla. Sebastiani penetró con sus tropas en la ciudad de Murcia, la saqueó y le impuso un tributo militar. La Junta Superior del Reino de Murcia nombraría Comandante General del Partido Defensivo de Caravaca a D. Juan Carlos Samaniego y Bravo, noble caravaqueño, miembro de la Real Maestranza de Ronda, que se pondría al mando de 1.500 vecinos. Cuando en junio de 1810 llegan a Caravaca noticias de los movimientos de un ejército napoleónico (formado por 9.000 franceses) que avanzan sobre Baza, el Comandante General Samaniego alista a todos los hombres hábiles de 16 a 50 años y ordena que tomen posiciones en la Sierra de María, sobre Xiquena, María, Galera y la Puebla de Don Fadrique. Para abastecer a estas tropas patriotas se reclama el auxilio a los vecinos de Calasparra, Cehegín, Moratalla, Taibilla, Zacatín y Santiago de la Espada (2)

Son dos de las escasas citas explícitas que se hacen de Santiago de la Espada en el contexto de la Guerra de la Independencia y, como puede verse, se hallan en estudios que enfocan el asunto en otras provincias limítrofes. Como la mayor parte de la historia de Santiago de la Espada, esta etapa (tan significativa y emotiva) de nuestra historia nacional, está por estudiar exhaustivamente. No obstante, a pesar de la falta de documentación, me complace poder avanzar algunos resultados de mi investigación que pueden ser algo para comenzar y, en su momento, toda vez cotejados, mejorados o corregidos, un principio para aproximaciones venideras. Vamos a ello.

LA GUERRILLA SE ORGANIZA EN LA SIERRA DE SEGURA

La Sierra de Segura (también la de Cazorla) sería privilegiado escenario bélico de las partidas guerrilleras. Las condiciones geográficas ofrecían a los guerrilleros un aliado contra los ejércitos regulares napoleónicos. Como bien destaca Francisco Luis Díaz Torrejón: "Este abrupto territorio [se refiere a la Sierra de Segura y Cazorla] se convierte pronto en un importante santuario insurgente gracias a los esfuerzos del capitán Hermenegildo Bielsa -oficial del Regimiento Barbastro comisionado por el general Blake- y no hay mejor prueba de ello que las numerosas guerrillas allí formadas, tanto por paisanos como con soldados dispersos que vagan por aquellas alturas desde las derrotas de sus regimientos" (3).

Presentemos un poco a los personajes que nos cita Díaz Torrejón. El General Blake es Joaquín Blake y Joyes (Vélez-Málaga 1759-Valladolid, 1827); su apellido extranjero no debe extrañarnos, tenemos que saber que, como era frecuente en los ejércitos del Antiguo Régimen, el general Blake era de origen irlandés. No existía en el siglo XVIII algo así como un ejército nacional: el Rey de España, por ejemplo, contaba con Regimientos de Irlandeses, de Suizos, etcétera, formados por soldados profesionales que, por lo común, terminaban nacionalizándose tras servir al Rey en sus guerras a cambio de una soldada; el ejército moderno, el ejército nacional español, tendría su origen, cabalmente, en la movilización total de nuestros antepasados con motivo de la invasión napoleónica y del esfuerzo nacional de exterminar y expulsar al invasor francés; el general Blake tenía, con anterioridad al conflicto napoleónico, una dilatada carrera militar, además de contar con una sólida formación cultural (hablaba inglés, francés y alemán, sin que le faltara conocimiento de las lenguas clásicas -latín y griego) y, desde el año 1810 al de 1811, fue Presidente del Consejo de Regencia de España e Indias, Jefe del Estado Mayor y Capitán General. El otro personaje -muy importante para mi propósito- que cita Díaz Torrejón es Hermenegildo Bielsa que, como veremos más abajo, tuvo una relación más intensa con Santiago de la Espada. Poco sabemos de Hermenegildo Bielsa, no obstante digamos que la villa y corte de Madrid le tiene dedicada una calle. 

Bielsa se presentó el 10 de febrero de 1810 ante Blake, estando Blake en Huercal-Overa y Blake comisiona a Bielsa como Comandante General de las Guerrillas del Reino de Jaén. Se desplazó, por lo tanto, a la Sierra de Cazorla y Segura y empezó a reunir y organizar las partidas guerrilleras segureñas, compuestas por eminentes guerrilleros de la provincia de Jaén y de otras partes de España. 

Veamos, aunque sea someramente, a algunos de estos bravos combatientes. Bajo el mando de Bielsa estuvieron guerrilleros como los hermanos Uribe (nativos de Villacarrillo), Pedro María y Juan de Uribe. Baste decir que Juan de Uribe protagonizó un suceso insólito en nuestra Guerra de la Independencia. Un jefe de destacamento francés desafió al guerrillero a un duelo personal a espada y a muerte. El duelo se efectuó en la plazuela de la Ermita de Nuestra Señora de la Fuensanta en Villanueva del Arzobispo, el 12 de agosto de 1810. Habría que imaginarse allí a los dos, al gabacho y al villacarrillense, con sus respectivos padrinos y jueces duelistas, al más puro estilo caballeresco del siglo XIX. Uribe esgrimió mejor que el otro su florete, causándole varias heridas, hasta que el pérfido napoleónico, viéndose perdido y en el suelo, sacó al más puro estilo tramposo una pistola y disparó contra el español en un descuido, ocasionándole días después de la herida de bala la muerte al nuestro (4), el otro hermano Uribe prosiguió la lucha y vengó a su hermano. 

Muchos más serían los heroicos guerrilleros de Jaén y Granada que estarían bajo las órdenes de Bielsa y uno de ellos que, en nuestro caso, nos concierne fue el franciscano Padre Fray Juan de Rienda. El Padre Rienda era lector de Sagrada Teología y Guardián (prior) del Convento de San Antón de Baza. En febrero de 1810, estando en un pueblo del Obispado de Guadix, el párroco le encargó al P. Rienda que, desde el púlpito, arengara al pueblo para tomar las armas y defenderse de la invasión extranjera. El P. Rienda puso tanto celo que la feligresía unánimemente gritó: "¡Vamos todos contra los franceses!". Y el P. Rienda no se quedó tomando chocolate, allá que se fue a la cabeza del pueblo a combatir a los invasores, sin que su hábito frailuno fuese óbice para mandar al otro mundo a los enemigos. Su despertar a la lucha nos lo cuenta una crónica franciscana (de la que extraeré lo principal para este artículo), diciendo así: "El Padre Rienda, considerando que los enemigos que ya se le acercaban, lo buscarían para castigarle por tales alarmas, teniendo por una vileza indigna de un corazón magnánimo huir vergonzosamente, desmintiendo con su fuga lo que había predicado en la cátedra del Espíritu Santo, se resolvió a tomar las armas, animando con su ejemplo a los que había incitado con su predicación" (5)

EL HORNILLO, MORADA DE LA ESPOSA DEL COMANDANTE GENERAL BIELSA

El Comandante General de las Guerrillas del Reino de Jaén, Hermenegildo Bielsa, cumplió airosamente su cometido al principio: levantó partidas guerrilleras, desplegó a los guerrilleros por la Sierra de Segura y Cazorla, asestando golpes de mano, dio asilo a los prófugos que huían de las fuerzas de ocupación y sus drásticos castigos. La actividad de Bielsa llegó incluso muy lejos de la Sierra de Segura, por ejemplo, mandó al heroico villariego Pedro de Alcalde que, con sus hombres, entrara por la noche en Martos, sustrajera 60 potros que los franceses tenían allí y los trajera a la Sierra de Segura y, de paso, los nuestros se entretuvieron en degollar a los españoles traidores, llamados "juramentados", que formaban parte del ejército auxiliar español al servicio del invasor (6). Bielsa no se portó mal, al principio: reunió a 500 dispersos, difundió proclamas y cursó órdenes, castigó a los contrabandistas y llegó a tener una fuerza de combate de 5 compañías de 100 hombres cada una, 200 escopeteros y 40 caballos. Sin embargo, todos los éxitos de primera hora de Bielsa se vieron ensombrecidos por un acto que resultó fatal para las poblaciones de Cazorla y La Iruela. Era el 8 de mayo de 1810, cuando en Cazorla se presentaron 750 soldados de la infantería napoleónica. El Comandante Bielsa ordenó que el batallón español se dispusiera entre Cazorla y La Iruela, mientras el mismo Bielsa se colocó "a la parte por dónde fácilmente podía retirarse hacia el Hornillo donde tenía su mujer. El que comprehenda aquel terreno conocerá evidentemente que aquella disposición indicaba la fuga del Comandante General, la retirada en dispersión de nuestra gente y el abandono de las dos poblaciones al saqueo del enemigo." (7). Las posiciones tomadas por el Comandante Bielsa ante la llegada del enemigo fueron vistas (y entendidas) por el Padre Rienda que estaba allí, así que el franciscano guerrillero, enfurecido y tomando su tercerola (arma de fuego de la caballería, más corta que la carabina) se fue para Bielsa y se puso a su lado, intimidándolo. Hermenegildo Bielsa le dijo al fraile: "¿Pero qué hace usted aquí?". A lo que el franciscano le respondió: "Observo a usted. Comprendo que usted va a meter piernas a su caballo, y antes le voltearé yo de un balazo." Para quitarse al fraile de encima, el Comandante Bielsa le dio una orden terminante: "Saque usted una guerrilla y póngase al frente". El P. Rienda obedeció, escogió a 10 hombres de su compañía a los que se les unió Pedro de Alcalde, con 20 de los suyos, y los bravos guerrilleros empezaron el tiroteo con los franceses. La tuvieron muy reñida los napoleónicos, pues -como apunta el P. Laín Rojas: "Los paisanos, esparcidos por el campo y guarecidos de los canalizos, aguardaban a los franceses y no desperdiciaban tiro. Los de aquellas tierras [las gentes segureñas] son excelentísimos tiradores". Pero, en el fragor de las escaramuzas con los napoleónicos y, tal y como había supuesto el P. Rienda, el Comandante General Bielsa se había ido "al Hornillo a buscar a su mujer y dejando aquella valiente tropa sin municiones y sin víveres" (8). Aquella retirada de Bielsa supuso la entrada de los franceses en Cazorla y La Iruela, saqueando, incendiando, violando y asesinando a la población civil, sin poder ser repelidos por los leales guerrilleros que, como el P. Rienda o Alcalde, todavía daban la batalla sin haberse retirado. El P. Rienda y los demás guerrilleros de Jaén denunciaron, una vez que pudieron salir de Cazorla, la retirada de Bielsa a El Hornillo, entendiéndola como traición y éste Bielsa fue cesado en su mando de las guerrillas del Reino de Jaén, sustituyéndole el Brigadier Antonio Osorio Calvache, nacido en Cádiar, Granada, en 1754 y caído heroicamente el 24 de octubre de 1810 en Villacarrillo, siendo llorado por todo el pueblo resistente de Segura, Cazorla y las Villas (9).

No se nos habrá pasado por alto que, según las informaciones de la crónica franciscana que relata las hazañas del Padre Rienda, el Comandante General Hermenegildo Bielsa, dispuso su retirada para poder recoger a su esposa que estaba en El Hornillo. Resulta verosímil que, así las cosas, Santiago de la Espada, todavía en ese entonces conocido como El Hornillo, pudiera ser algo así como la base segura en la que algunos jefes guerrilleros habían instalado a sus familias, mientras ellos se movían por la sierra sembrando el terror en las filas invasoras. Lo remoto y difícilmente accesible de Santiago de la Espada así nos lo sugiere; y la crónica franciscana así nos lo hace entender cuando repite por dos veces que la esposa del Comandante General Bielsa tenía su residencia provisional en Santiago de la Espada, El Hornillo. Y al Hornillo -metiendo espuelas a su caballo- se retiró Hermenegildo Bielsa para recoger a su esposa, mientras dejaba a merced de los franceses las poblaciones de Cazorla y La Iruela y, por ende, perdiendo el crédito entre los guerrilleros combatientes que exigieron su deposición en el cargo de Comandante General. Es una línea de investigación que seguir. El P. Rienda, según comenta la crónica, se sumaría más tarde al Vicario de Yeste en Nerpio, lo que también apuntaría que el cura trabucaire pasaría por Santiago de la Espada con los hombres de su partida.


NOTAS:

(1) Carayol Gor, Rafael, "De la Guerra de la Independencia en Huéscar y el Coronel Villalobos", Boletín del Centro de Estudios Pedro Suárez, Estudios sobre las comarcas de Guadix, Baza y Huéscar, nº 23.

(2) Moyano, Manuel, "La Guerra de la Independencia en la Región de Murcia", (Varios Autores), Colección Estudios Críticos, Tres Fronteras Ediciones, Región de Murcia, año 2009.

(3) Díaz Torrejón, Francisco, "Guerrilla y geografía: el movimiento insurgente en el mapa de la Andalucía napoleónica (1810-1812)". Anuario. Real Academia de Bellas Artes de San Telmo, 2009.

(4) Martínez Laínez, Fernando, "Como lobos hambrientos. Los guerrilleros en la Guerra de la Independencia (1808-1814)", Algaba Ediciones, 2007. Es uno de los libros de referencia que para este tema hay, una obra muy completa que tiene la virtud de haber estudiado la guerrilla antinapoleónica en todo el territorio español, con un estilo ágil y ameno.

(5) Empleo una crónica franciscana (no sé si, con el tiempo, ha conocido su publicación); contaré brevemente cómo llegó a mis manos y quién es su autor. El franciscano vallisoletano P. Fray Alejandro Recio Veganzones (q.e.p.d.) fue un arqueólogo de prestigio que terminó sus días en Martos, tuve el honor de conocer y ser discípulo del Padre Recio quien, hace ya muchos años, puso en mis manos fragmentos de una crónica franciscana escrita en el siglo XIX; todos esos fragmentos concernían a la Guerra de la Independencia y al esfuerzo bélico realizado por los franciscanos andaluces de la época. Esa crónica que digo la escribió el P. Fray Salvador Laín Rojas (nacido en Bujalance, Córdoba, el año 1741), este fraile decimonónico pasó por varios conventos franciscanos, convirtiéndose en un erudito arqueólogo del siglo XIX, especializado en latín, hebreo y árabe. En 1790, el P. Laín Rojas ganó la cátedra de Filosofía del Convento de Úbeda y en 1797 se convirtió en profesor de Filosofía del Convento de Martos. Todo lo relativo a las hazañas del Padre Rienda que he empleado para la confección de este artículo pertenece a esa Crónica cuyo título completo no puedo citar, dado el estado fragmentario en que me llegó. Sí que conservo copia mecanografiada por el mismo P. Recio que me aportó esas páginas. Y quiero, a título de testimonio, poner aquí ni siquiera la fotografía de un pasaje, en el que podrá leerse "El Hornillo".


(6) Gazeta de la Regencia de España e Indias y véase también el libro "Como lobos hambrientos" (op. cit. de Fernando Martínez Laínez)

(7) Crónica franciscana del padre fray Salvador Laín Rojas, ver nota 5.

(8) Crónica franciscana del padre fray Salvador Laín Rojas, ver nota 5.

(9) La Asociación Amigos de la Historia de Villacarrillo (Ahisvi) publicó en su día un especial sobre la Guerra de la Independencia en la zona de las Cuatro Villas que recomiendo como material de obligada mención.

jueves, 8 de febrero de 2018

MATILDE GALERA SÁNCHEZ, INTELECTUAL SANTIAGUEÑA

Matilde Galera Sánchez




EN EL XIV ANIVERSARIO DE SU MUERTE

Manuel Fernández Espinosa

El 28 de Junio de este año 2018 se cumplirán catorce años de la muerte de una santiagueña que tenemos que reivindicar y conocer: Matilde Galera Sánchez. Nació Matilde en Santiago de la Espada el 14 de Abril de 1937 y falleció en Granada, recibiendo cristiana sepultura allí. Estudió Magisterio y Filosofía y Letras, compaginando sus estudios con el piano. En 1958 empezaría su labor docente en la Puebla de Don Fadrique, a donde estuvo hasta el año 1960. En 1960 sería profesora interina en el Instituto Ganivet de Granada y profesora ayudante de la Facultad de Filosofía y Letras, así como en la Escuela de Magisterio Femenina "Nuestra Señora de las Angustias". En 1964 sería destinada a Cabra (Córdoba), para incorporarse al Instituto Aguilar y Eslava, como profesora catedrática de Literatura. Más de treinta años como docente, pero también como investigadora.

En su labor investigadora, Doña Matilde Galera despuntó como una de las más profundas conocedoras de la vida y obra del escritor Juan Valera (1824-1905) que a la sazón era natural de Cabra, el pueblo en el que la misma Matilde impartía sus clases de Literatura. La santiagueña sería Presidenta de la Asociación Amigos de Valera, siendo galardonada con el Premio Juan Valera en 1981. Ese mismo año 1981 se la designó como académica correspondiente de la Real Academia de Ciencias, Bellas Letras y Nobles Artes de Córdoba.

Además de todo lo sembrado en su trabajo diario como profesora, Matilde Galera nos dejó un libro imprescindible: "Juan Valera, político", fruto de sus arduas indagaciones sobre la vida y avatares del escritor (y también político) egabrense. Con el estudio, publicó también una parte del epistolario del autor cordobés, así como intervenciones en el Senado. El libro, de 735 páginas, lo publicaría el Servicio de Publicaciones del Excelentísimo Ayuntamiento de Cabra el año 1983. En la ciudad de Cabra, la santiagueña tiene una calle en su honor, tanto fue el bien que hizo y se le reconoció. Y sería muy oportuno que, como personalidad intelectual de relieve y nativa de Santiago, en Santiago de la Espada también reivindiquemos a esta autora, ejemplo de impecable trabajo intelectual femenino. 

Portada y lomo del libro "Juan Valera, político" de la santiagueña Matilde Galera